Banco Santander patrocina ‘El proyecto integral de Justicia Restaurativa y Mediación con personas penadas’

En Amee estamos de enhorabuena. Hemos empezado el año con un nuevo patrocinador, muy involucrado con nuestra labor social.

Banco Santander (su división de Santander Justicia) será uno de los encargados de patrocinar ‘el proyecto integral de justicia restaurativa y mediación con personas penadas’, que consiste, principalmente, en el acompañamiento a los autores de delitos en el proceso de responsabilización y de reparación del daño causado, tanto ante la víctima, como ante la sociedad.

El convenio ha sido firmado el día 3 de febrero y tendrá vigor hasta el 31 de diciembre de 2023. Este patrocinio complementa la subvención de la Comunidad de Madrid para el ejercicio del proyecto de Justicia Restaurativa y mediación con personas penadas.

Gracias Banco Santander por querer ser parte de la asociación AMEE, y contribuir a la reinserción de personas penadas y a la repercusión que se produce de manera consecuente, ante la totalidad de la sociedad.

La Justicia Restaurativa en delitos de explotación sexual

Jose Mª Genís Pedra

Leer el artículo original en diariolaley

Experiencia de la práctica de la Justicia Restaurativa en los delitos de trata de seres humanos con la finalidad de explotación sexual. El relato que viene a continuación describe el Encuentro Restaurativo que se produjo entre una persona condenada por trata de personas y una persona víctima NO VINCULADA de este mismo delito. Ambas fueron acompañadas por Amee (Asociación para la mediación, el encuentro y la escucha) en su preparación para el Encuentro.

Os traemos la experiencia de la práctica de la Justicia Restaurativa en los delitos de trata de seres humanos con la finalidad de explotación sexual.

El relato que viene a continuación describe el Encuentro Restaurativo que se produjo entre una persona condenada por trata de personas y una persona víctima NO VINCULADA de este mismo delito. Es decir, que, coincidiendo la misma tipología del delito, no coinciden víctima y victimario en el mismo acto delictivo.

La persona autora del delito pasó por un programa de Justicia Restaurativa de Amee consistente, en su primera fase (Fase I o de Responsabilización), en diez sesiones grupales con otros autores y varias sesiones individuales. Este encuentro que se relata es parte de la Fase II o de Reparación de dicho programa.

Realizamos un acompañamiento a la persona víctima no vinculada en su preparación durante las sesiones necesarias para estar en disposición de realizar el Encuentro Restaurativo con la autora. Ella, la persona víctima, accedió voluntariamente al encuentro.

En este caso, existe la singularidad de que la persona penada fue, a su vez, también víctima de trata, circunstancia que es más frecuente de lo que imaginamos en este y en otros tipos de delito, como por ejemplo, los delitos contra la salud pública.

Esperamos que os guste el relato.

Sobre un Encuentro Restaurativo entre dos mujeres de la trata facilitado por Amee

7 de marzo de 2022

Toledo. Enigmática ciudad, de belleza única. A Toledo he acudido tres veces para facilitar un encuentro restaurativo entre Olga y Kay (nombres ficticios).

Se me eriza la piel cuando recuerdo sus historias, que tienen que ver con la trata de personas, con la prostitución forzada y con la huida de la pobreza y la represión.

Olga nació en un país del este de Europa. Para ayudar a su familia a llevar una vida un poco más digna, aceptó venir a España a trabajar limpiando o en restauración. Sin conocer el idioma, sin ninguna experiencia en la vida, a sus 19 años no había salido de su pequeño pueblo en donde nació.

Vino aquí engañada por la redes de trata y explotación sexual y tuvo que ejercer, atemorizada por las consecuencias que, no hacerlo, podía tener para ella o para su familia.

Relata que vivir en el club era como estar en una prisión, una cárcel emocional y psicológica, no se atrevía a escapar de allí; se imaginaba, con total ignorancia de cómo es la vida, un mundo cruel afuera, todavía peor que en el que ella vivía forzada a vender su cuerpo para saldar la deuda.

Tuvo que recurrir al alcohol para soportar esta situación, se hizo adicta.

La recibimos Natalia y yo (Natalia me acompaña en este viaje aportando su cálida mirada y su armas de terapeuta profesional, que me dan tranquilidad) el primer día muy abiertos a acoger lo que viniera. Nos encontramos una mujer apocada, habla bajito, se atreve poco. Oculta una fuerza interior tremenda y una determinación cristalina. « La experiencia de la vida te hace fuerte » nos confesó después.

Estas cualidades las descubrimos tras contarnos su relato. Tras esa figura que, en un primer momento, se percibe vulnerable, hay mucha solidez y claridad en lo que quiere y no quiere hacer. Y lo hace. Sólo le inquieta su hijo de 5 años, que es su motor y su vida, y el daño que puede hacerle que un día le cuenten que su madre ejerció la prostitución. No sabe cómo acometer esa pregunta de su hijo y sufre por ello.

Hacemos dos sesiones con ella, distanciadas un mes, para que nos muestre a esa Olga dolida y entristecida por haber perdido la juventud: hoy tiene más de 30 años. Por haberla perdido a la fuerza, esclavizada y obligada a ser rentable para beneficio de otros, de la forma más cruel que puede haber.

Le preguntamos qué le gustaría saber de los autores de su delito, qué querría pedirles y lo tiene claro: quiere entender … Quiere saber por qué lo hacen, si tienen de todo, si son de familia desahogada como sabe que lo son, por qué lo hacen. Ella no comprende sus motivos, sus metas, su no importarles el dolor y el sufrimiento de las chicas. Ni sus vidas…

Quiere saber y al mismo tiempo quiere justica, y tiene rabia y miedo. También tristeza, mucha; nos relata con añoranza lo feliz que era en su pueblo, hasta que emprendió el maldito viaje con destino a la perdición, a la marca de su vida, marca de hierro y fuego, para siempre…

Quiere volver a su pueblo, a conectar con la naturaleza, la sencillez y sentirse segura en los bosques y en su familia. « No encuentro mi sitio aquí » nos dice.

Se resigna a esperar a que su hijo tenga 18 años y que su padre no pueda impedir que se lo lleve.

Aun así, no guarda rencor hacia sus agresores. Sólo pide justicia. Estaría dispuesta a encontrarse con ellos para conseguir respuesta a su pregunta ¿Por qué?

¿Y qué pasa con Kay? Ella pasó 7 años en la cárcel condenada por trata de personas.

Nació en un país subsahariano, violento, y con nulas posibilidades para las mujeres, condenadas a pasar su vida en la cocina de un hombre. Su familia, con pocos medios, sí pudo darle educación secundaria . Tal vez esa preparación alimentó el coraje y la determinación para huir de ese su país, para negarse a ser casada y «servir» a un hombre toda su vida. Quiso una vida mejor y emprendió la migración ilegal a Europa, la Europa de la esperanza para muchos que huyen de la pobreza, la represión, la violencia y el indeseado destino que les espera si se quedan.

Dos años duró su viaje, pasando momentos muy duros, abusos, extorsiones, hambre y sed, desprecio de las autoridades de los países por los que transitaba…

Llegó por fin a España y, tras estar varios años saldando la deuda que había adquirido con las mafias de las pateras, prostituyéndose, pudo, por fin, ser libre y buscarse la vida. Emprender una nueva vida, con las mil estrecheces que ser un inmigrante ilegal supone.

Durante el camino a Toledo, me contaba que ella pudo salir porque sabía contar , sabía ir restando lo que ganaba y entregaba de la deuda, ir tachando renglones de cifras que te acercan a la libertad, como cuando nosotros miramos satisfechos el capital pendiente de la hipoteca de nuestras confortables casas.

Y me contaba que otras no podían hacerlo… No podían descontar ni acercarse a la libertad porque no sabían leer, y por tanto, contar.

Su chulo las tenía esclavizadas de por vida porque su deuda no se amortizaba jamás. Una prueba más de que la educación da alas.

Kay pasó sus 7 años en prisión. Durante ese tiempo se sintió rabiosa porque se consideraba inocente. Su hermano, dedicado a traficar con chicas, le pidió acoger a una de las chicas en su casa. Ella no colaboraba con esa banda de su hermano, pero accedió a su petición, y este «favor» familiar le llevó a ser considerada como parte de la organización criminal que traficaba con personas.

«En la prisión se piensa mucho» nos contaba, «le das vueltas a todo y, si eres capaz, cuestionas todo en lo que crees y llegas a conclusiones». «Pidiendo ayuda también se avanza».

Kay participó en un Programa de Justicias Restaurativa de Amee, y en él descubrió su delito y qué fue lo que la llevó a cometerlo.

Se dio cuenta de que estuvo encubriendo a su hermano, que no denunció los hechos que sabía estaba cometiendo. Hechos que causan tanto dolor y marcan de por vida a personas como Olga.

Y, con dolor y esfuerzo, entendió qué buscaba cuando ayudó a su hermano, cuando pasó de puntillas por lo que él estaba haciendo, y no impidió que otras chicas, como ella, como Olga, sufrieran todo lo que ella conocía.

Kay entendió que se sentía en deuda con su hermano, que las relaciones familiares estaban fuertemente afianzadas en ella, y que necesitaba imperiosamente ayudarle en lo que le pedía.

Kay es una mujer muy fuerte, se nota enseguida su energía, su confianza en sí misma . Su relato, su discurso, está siempre impregnado de emoción, no le cuesta decir lo que siente y empatiza con facilidad con el que sufre. A pesar de que su español es limitado, te llega muy adentro lo que dice, te toca el corazón, sobran las palabras imperfectas.

El encuentro

Nos encontramos los cuatro, Olga, Natalia, Kay y yo, una mañana toledana, soleada y fría en la entrada del edificio en donde se ubicaba la sala del encuentro. Las presentaciones de rigor, ambiente tenso, dos desconocidas iban a dialogar, a contar sus dolores, sus heridas, y desconfiaban de lo que se iban a encontrar.

Hacer un encuentro restaurativo con media cara tapada por la mascarilla es antipático. Desgraciadamente, no teníamos tapabocas transparentes y era festivo y no podíamos comprar.

Nos pareció buena solución salir un rato al exterior y quitarnos el embozo del rostro, vernos todos las caras completas para recordar después, durante el acto sagrado del encuentro, las facciones que había tras el velo. Lo hicimos también al terminar, verificando que el rostro que grabamos en nuestra memoria seguía ahí, tal vez más distendido, más en paz.

Tras los actos protocolarios —agradecer, destacar el coraje y la disposición, las breves presentaciones de cada una, ¿cómo estáis ahora? Olga nerviosa, y las normas básica del encuentro (confidencialidad, voluntariedad), el papel de los facilitadores (imparcialidad, neutralidad)— hablamos del objetivo: dialogar entre persona víctima y persona penada sobre los hechos de cada una en un formato de libre expresión de sensaciones y sentimientos para sanar, en alguna medida, el daño sufrido y el dolor por el daño causado. Y, si llegase el caso, alcanzar algún acuerdo que satisfaga a ambas.

Empezó Olga. Tenía tanto que decir… que contar… que demostrar lo que había sufrido… Estuvo un buen rato, Kay escuchó con mucha atención, dando espacio, dando tiempo ¿De dónde han sacado estas chicas esta calidad de escucha? Me dejan boquiabierto…

Y no hizo falta hacer nada. En pocos minutos se había generado una conexión entre corazones por la que fluía sin barreras toda la comprensión y empatía que era necesaria.

La conversación fluía en ambos sentidos y se entendían tan bien que los facilitadores quedamos de meros espectadores de ese baile, a su ritmo, un vals, un, dos, tres, un dos, tres, andante, a veces adagio y en algún momento un allegretto…

Recogimos varios sacos de empatía. Incluso se nos salió desbordante de los mismos, sobraba.

Cosechamos también frases para enmarcar: «lo que tú llamas puta, es una vida » dijo Olga poniendo énfasis en la mirada de los clientes de los clubes. «la gente ve su delito (la prostitución), no a las chicas» dijo Kay. «Aunque haya terminado, las cosas quedan , marcan, para siempre» empatizó Kay tras el relato de Olga.

«Me alegro de que hayas perdonado a tu hermano» le dijo Olga a Kay cuando ésta contó que se había reconciliado con su hermano y que trabajaba con esmero en sensibilizarle a él y a otro hermano para que «vieran» el sufrimiento de las chicas.

«Hay que dar voz a esas niñas» decía Olga tras responder a la pregunta que le hicimos ¿Qué te gustaría que pudiera hacer Kay para reparar? Le pidió que siempre que viera a una «niña» de la prostitución le dijera que se puede salir, que hay maneras, que no desesperen, que pidan ayuda y que hay otra vida fuera. Ella también lo haría.

Me hubiera gustado hacer una foto de sus ojos … Dos pares de canicas brillantes, profundas, determinantes, maduras, compasivas, amorosas y admirables. Tuve que conformarme con los pies…

De todo lo que he contado, me quedo con el abrazo que ambas se dieron al final, un abrazo de oso, sincero e impregnante, fundido en un solo cuerpo, las moléculas de ambas mezcladas, me gusta la palabra inglesa «merged».

No tengo ni el menor resquicio de duda de que Olga y Kay, especialmente la primera, más necesitada de pasar página, son hoy personas distintas, han dado un paso en aliviar un pasado que está marcando su vida, en dejar atrás el dolor de fondo que siempre tienen presente.

Con este relato quiero mostrar la forma en la que hacemos Justicia Restaurativa en Amee.

I Jornada de Orientación Profesional en Educación Social

AMEE ha presentado los valores y la base normativa de la Justicia Restaurativa en la I Jornada de Orientación Profesional en Educación Social en la Facultad de Educación y Formación del Profesorado de la Universidad Complutense de Madrid.

Hemos tenido la oportunidad de reflexionar con los alumnos y alumnas sobre qué aspectos añade la Justicia Restaurativa al modelo de Justicia Ordinaria que tenemos. Algunas de sus reflexiones han desembocado en resaltar la importancia de la escucha al otro, del diálogo, del espacio de expresión para los participantes de un conflicto, es fundamental para que este se cierre: si no hay diálogo y escucha, el dolor permanecerá.

Esta jornada, orientada a la selección de prácticas y posibles salidas profesionales dentro de la Educación Social, ha permitido conocer a las alumnas y alumnos el ámbito penitenciario desde el enfoque de la justicia restaurativa.

Encuentros restaurativos entre víctima y autor de delito

Jose María Genís Pedra y Beatriz Martín Linsenbarth.

Leer el artículo original en diariolaley

En este artículo abordamos la realidad de los procesos restaurativos entre una persona que ha sido víctima de un delito y su autor o autora. Ponemos el foco en la persona de la víctima y analizamos cómo aborda el ofrecimiento de participar en un proceso restaurativo, en qué se concreta dicho proceso preparatorio para el encuentro y cómo transcurre dicho encuentro víctima – autor/a. Recogemos dos testimonios de personas víctimas tras su participación en sendos encuentros restaurativos.

Desde la Asociación para la Mediación, el Encuentro y la Escucha (AMEE) venimos publicando, de forma periódica, nuestra experiencia y reflexiones en torno a la Justicia Restaurativa. Concepto éste, el de Justicia Restaurativa, ya ampliamente desarrollado desde estas páginas, en el que aparecen con claridad tres actores principales, acompañados de un elenco de actores secundarios: la persona que ha sido víctima de un delito, la persona que ha cometido dicho delito y la sociedad, como marco en el que tienen lugar tanto los hechos delictivos, como sus consecuencias, además de esas circunstancias previas que devinieron en delito.

Los procesos restaurativos impactan en todos estos actores principales, así como en esos actores secundarios que mencionábamos, y que están constituidos por familiares y personas del círculo de influencia, tanto de víctimas como de autores, junto a mediadores, personal de las instituciones en las que se impulsan los procesos restaurativos, profesionales del ámbito judicial y tantos otros que quizás no lleguemos a identificar de forma precisa, a los que, sin embargo, llega también el efecto beneficioso de estos procesos.

Recientemente culminaban varios meses de trabajo con sendos encuentros restaurativos entre la persona que había sido víctima del delito y una persona autora del mismo tipo delictivo. Como viene siendo habitual en ocasiones anteriores, en ésta el encuentro tenía lugar entre víctima no vinculada y autor no vinculado. Y, sin embargo, este hecho no ha supuesto una merma al impacto que el encuentro ha tenido sobre ambas personas.

I. El proceso restaurativo en las víctimas

Hoy queremos centrar nuestra mirada en las personas que han sido víctimas. ¿Cómo es para ellas el proceso restaurativo? ¿Cómo viven el encuentro con la persona que ha sido autora? ¿Qué impacto tiene dicho encuentro a posteriori en su vida, en sus relaciones?

La idea de un proceso restaurativo no suele surgir en el contexto del procedimiento judicial ordinario. En nuestro caso, nos acercamos a personas que creemos que pueden estar interesadas en completar el procedimiento ya vivido, con una elaboración complementaria que ayude a abordar cuestiones que todavía están pendientes. Cuando hablamos de cuestiones pendientes para la persona que ha sido víctima de un delito estamos pensando, entre otras, en la necesidad de poder expresar todo el dolor y sufrimiento derivado del delito vivido, consecuencias, a veces intangibles, pero no por ello menos dolorosas, como puede ser la pérdida de confianza, la permanencia de una sensación de vulnerabilidad. También pensamos en aquellas preguntas que quedaron sin contestar, porque no son del ámbito del proceso penal, pero sí son relevantes para la persona

En el caso de los dos procesos restaurativos que hoy queremos compartir nos acercamos a ambas personas, cada una de ellas víctimas de acciones diferentes, con una antigüedad de los hechos que nos hacían pensar que ya había una elaboración en relación con los mismos, pero cuyas consecuencias seguían muy vivas a día de hoy. Consecuencias que son siempre de índole psicológica y emocional, lo que se traduce en un impacto más o menos evidente en sus relaciones personales y, a veces, profesionales, así como en su relación íntima consigo mismos.

II. Asombro y agradecimiento

Nuestro ofrecimiento de elaborar de forma acompañada por un mediador experto en procesos restaurativos, suele acogerse con asombro y agradecimiento por parte de quien ha sido víctima de un delito. Asombro, porque no es un ofrecimiento esperado, por cuanto que las personas que han sido víctimas no suelen tener noticia de la existencia de procesos restaurativos. Y cuando descubren la posibilidad de elaborar el sufrimiento derivado del delito, el espacio que se les ofrece en el que pueden expresar todo el dolor, todo el sufrimiento vivido, todas las palabras que quedaron pendientes de ser expresadas, para ser escuchadas, comprendidas y acogidas con intención de restaurar en lo posible lo que quedó quebrado y desatendido, sienten un gran agradecimiento.

El trabajo de elaboración previo al encuentro restaurativo con la persona que ha sido víctima tiene una duración flexible, en función de las necesidades de la propia persona. Independientemente de la duración, el objetivo es claro: ofrecer ese espacio de escucha plena en el que la persona puede compartir todo aquello que vivió en el momento de sufrir el delito, las consecuencias que el mismo ha traído en su vida y cómo está a día de hoy con dichos hechos y consecuencias. La escucha que le prodiga el facilitador del proceso ofrece varios beneficios: la calma del desahogo, el bálsamo de la empatía, la claridad de posibles nuevos enfoques. Y como colofón a ese proceso de transformación del dolor y sufrimiento, se plantea la opción de encontrarse con la persona autora del mismo delito, autora vinculada o no vinculada.

Con dicha persona autora se desarrolla un trabajo paralelo, de elaboración de la responsabilidad en relación con el delito. Se trata de un trabajo amplio y profundo, siempre voluntario, que ya hemos descrito pormenorizadamente en otros artículos anteriores. El proceso con la persona autora le propone una profundización en su responsabilidad en relación con el delito, a través de un trabajo que incluye elaborar su propia biografía, con una clara intención de desarticular patrones de comportamiento existentes, sostenidos por estructura familiares, experiencias pasadas, así como por su condición económica, social y cultural. La persona elabora el delito y su impacto en la víctima, en un ejercicio de empatía que ya le va preparando para el posible encuentro con la misma. Es un proceso transformador, por cuanto que la persona se pregunta de forma clara y concreta de qué manera quiere contribuir a la sociedad en el presente y en el futuro, elaborando respuestas nuevas y vivificantes.

III. El momento del encuentro

En el momento en que ambas personas están preparadas para el encuentro personal, éste tiene lugar.

Queremos compartir en estas líneas la experiencia de dos de los últimos encuentros que hemos facilitado. Para ello, debemos retrotraernos al pasado diciembre de 2020. En la antesala de las Navidades facilitamos dos encuentros restaurativos, que fueron un poco más especiales, ya que tuvieron lugar en la sede del propio centro penitenciario. Gracias al impulso del personal directivo del Centro Penitenciario Madrid 1, en concreto a su Director Jesús Moreno y al Subdirector de Tratamiento, Ángel Sánchez Plaza, a los que siempre estaremos agradecidos por la apuesta sincera y valiente que desde el primer momento hicieron para apoyar nuestro proyecto restaurativo, fue posible arbitrar ambos encuentros en el mismo centro en el que están cumpliendo condena las dos personas que han sido autoras.

Ambos encuentros fueron tan intensos y asombrosos como lo son todos ellos: dos personas, vinculadas por unos hechos aciagos, se sientan frente a frente, nerviosas, con dudas sobre cómo va a ser el encuentro que tienen por delante, y dialogan con honestidad sobre unos hechos de absoluta vulnerabilidad. Vulnerabilidad que nos conecta con el dolor y sufrimiento de la persona que ha sido víctima, y con la vergüenza y culpa de quien ha sido autora del delito.

III. El momento del encuentro

En el momento en que ambas personas están preparadas para el encuentro personal, éste tiene lugar.

Queremos compartir en estas líneas la experiencia de dos de los últimos encuentros que hemos facilitado. Para ello, debemos retrotraernos al pasado diciembre de 2020. En la antesala de las Navidades facilitamos dos encuentros restaurativos, que fueron un poco más especiales, ya que tuvieron lugar en la sede del propio centro penitenciario. Gracias al impulso del personal directivo del Centro Penitenciario Madrid 1, en concreto a su Director Jesús Moreno y al Subdirector de Tratamiento, Ángel Sánchez Plaza, a los que siempre estaremos agradecidos por la apuesta sincera y valiente que desde el primer momento hicieron para apoyar nuestro proyecto restaurativo, fue posible arbitrar ambos encuentros en el mismo centro en el que están cumpliendo condena las dos personas que han sido autoras.

Ambos encuentros fueron tan intensos y asombrosos como lo son todos ellos: dos personas, vinculadas por unos hechos aciagos, se sientan frente a frente, nerviosas, con dudas sobre cómo va a ser el encuentro que tienen por delante, y dialogan con honestidad sobre unos hechos de absoluta vulnerabilidad. Vulnerabilidad que nos conecta con el dolor y sufrimiento de la persona que ha sido víctima, y con la vergüenza y culpa de quien ha sido autora del delito.

IV. «El encuentro me ha aportado serenidad, alegría, tranquilidad y esperanza»

Creemos que las propias palabras de las personas víctimas que han sido protagonistas de dichos encuentros van a ser mucho más iluminadoras que cuanto pudiéramos decir nosotros, que fuimos testigos silenciosos de los mismos.

Comenzamos por el testimonio de I.A., víctima no vinculada, que participó en un encuentro restaurativo que se desarrolló en el Centro Penitenciario de Mujeres Madrid 1, en diciembre de 2020.

«Quiero agradeceros la oportunidad que me habéis brindado en el proyecto de justicia restaurativa que estáis llevando adelante.

El encuentro en el que tuve la ocasión de participar ha sido muy rico a nivel personal habiéndome aportado serenidad, alegría, tranquilidad y esperanza.

Encontrarme en mi camino con quien verbalice y sienta la necesidad de pedir perdón y que me haya posibilitado su aceptación es un gesto de humanidad que dignifica a quién lo da y a quién lo recibe.

La valentía de quién solicitó su perdón me hizo sentirme pequeña, éste no es un gesto fácil en el día a día así que sólo puedo darle las gracias. Esto me ha llevado a aprender a pedir perdón a todas aquellas personas que han compartido mi camino hasta el día de hoy.

Mi actitud abierta al ser humano viene de lejos y ahora de manera natural se ha afirmado y espero seguir aportando esperanza día a día en mi aportación a la sociedad a la que pertenezco.

Siento la necesidad de dar calidad humana en las relaciones interpersonales que tengo con todas aquellas personas con las que me relaciono, intentando humanizar cada acción diaria que realizo, deseo que esto también haya ocurrido en el encuentro que realicé.

Un enorme y cálido abrazo».

Continuamos con un segundo testimonio, también de una víctima no vinculada, en este caso A.V., que participó en un Encuentro Restaurativo en el mismo Centro Penitenciario de Mujeres, Madrid 1. El encuentro tuvo lugar en diciembre de 2020.

«Resignación, asunción del dolor. Vivir con algo injusto, antinatural, e ir integrándolo en tu ser hasta que parece parte de ti. No esperaba que hubiera otra opción, y por eso, cuando me ofrecisteis una alternativa, pese a que fue como una grieta de luz abriéndose paso en un terreno desértico, me sonaba algo utópico.

Sin embargo, la esperanza siempre es más fuerte que todas las dudas. Por primera vez, alguien tenía una alternativa a tapar, a superar, a asumir que alguien te había hecho daño y tú sencillamente tenías que vivir con ello. La alternativa era mirar cara a cara ese dolor, y… ¿sanarlo?

Cuando se lo contaba a mis cercanos, apenas me atrevía a pensar que existiera la posibilidad de sufrirlo menos, porque también había asumido que esa posibilidad tampoco era para mí. Igual que también había asumido que quererme a mí era más difícil que querer a otras personas, y que tenía que vivir con ello.

Esta experiencia no es únicamente el encuentro en sí, sino las sesiones preparatorias, el abrazo en estas sesiones, la preocupación constante sobre tu bienestar, la libertad absoluta en todo momento, la mirada buena sobre ti.

Estas sesiones hacían que me preguntase también sobre la otra parte; ¿tendría ella, como agresor/a, la mirada buena?

Cuando te tuve delante, supe que sí, que habías vivido también un abrazo que no esperabas, y que por eso estabas aquí.

Éramos dos personas con un dolor similar, y en aquel momento, más allá de nuestros actos y nuestro dolor, éramos dos personas con una necesidad imperiosa de entender a la otra parte, porque sólo comprendiendo a la otra parte podríamos encontrar sentido a ese encuentro. Necesitaba comprenderte, preguntarte por qué hiciste lo que hiciste, para comprender mi propia historia, y a mi propio agresor/a. Necesitaba ver tu dolor por ello, y vaya si lo vi. Ni siquiera recuerdo tu aspecto físico con nitidez, y no tuve noción del tiempo. Sólo te escuchaba, con todo lo que era, corazón, mente, alma, con la sensación de que todo mi ser se jugaba en ese instante.

La intensidad con la que sucedió ese encuentro me obligó a guardar reposo y silencio durante los días posteriores, para poder escucharme, pero poco a poco iba creciendo en mí una alegría que se instauró desde el mismo momento en el que me despedí de vosotros, y que, contra todo pronóstico, se mantiene. Siento que comprendo. Siento que ha remitido tanto la rabia, y que tengo de nuevo el deseo de sanar de verdad, de no resignarme, y que este ha sido El paso para ello.

Me siento infinitamente agradecida y preferida por haber tenido una opción. Una opción nueva, distinta, que destruye barreras. Me siento infinitamente afortunada de saber que hay personas que no se rinden, que siguen teniendo fe en las personas por encima de sus actos, y siguen creyendo en la transformación, en el cambio, en la renovación, en el bien. Pienso que sois esperanza para el mundo. Solo puedo decir que, aunque a veces pensemos que algo así es imposible, probemos, tengamos fe. Y que yo puedo testimoniar que, en ocasiones, lo imposible se hace posible».

A la luz de estos testimonios sólo nos resta poner en valor el poder que dichos encuentros tiene para las personas que han sido víctimas de un delito: supone una experiencia que les permite cerrar, por fin, una vivencia que había quedado incompleta. La vivencia se completa al poder expresar al autor del delito todo aquello que necesita ser expresado para que éste pueda ver, no ya a una etiqueta, «víctima», sino a la persona, al ser que ha sufrido y sigue sufriendo a consecuencia de dichos hechos. Descubrir a la persona acerca, nos vincula irremediablemente a su dolor y concreta la necesidad de aceptar la plena responsabilidad por los hechos cometidos, no ya de una manera conceptual, sino de una manera real y tangible.

Poder expresar el dolor a quien lo propició, poder recibir la escucha de esa misma persona, quien acoge dicho dolor y sufrimiento, se hace responsable de él y se ofrece para restaurarlo, tiene un poder liberador.

Las personas que entraron al encuentro, salen renovadas por el proceso con el otro, algo se transforma con el acto de compartir y se libera para ambos.

Artículo «Transformación humana a través de la justicia restaurativa» en el Diario LaLey

Cuándo aparece el sentimiento de empatía del infractor hacia la víctima.

Artículo que tiene como propósito constatar el valor añadido que aporta la Justicia Restaurativa a nuestra sociedad. Presentamos uno de los pilares sobre los que se sustenta la Justicia Restaurativa: la responsabilización de los hechos por parte del autor y la mirada empática hacia su víctima. Somos testigos de que una transformación esencial tiene lugar en el ser humano que ha cometido un delito y que transita por el proceso de Justicia Restaurativa propuesto por AMEE .

Ponencia de AMEE en ANVC Worlwide Gathering

Tenemos el placer de comunicarte que AMEE (Asociación para la Mediación, el Encuentro y la Escucha), participará como ponente el día 27 de junio a las 6 p.m. en el Worlwide Gathering organizado por el The Center for NonViolent Communication (CNVC). Compartiremos nuestro Proyecto de Justicia Restaurativa, mediación penal y penitenciaria. Hablaremos de nuestra experiencia facilitando Formaciones en CNV en Centros Penitenciarios. También de las Mediaciones penitenciarias llevadas a cabo y, ¡lo más importante!, explicaremos el modelo del proceso de JR que estamos llevando a cabo en la actualidad, incluyendo testimonios de personas que han participado en nuestros procesos.

Nuestro Proyecto está dirigido por Pilar González Rivero, doctora en Derecho Penal. Pilar fue Magistrada Suplente de las Secciones Penales de la Audiencia Provincial de Madrid. Ha ejercido como abogada penalista y ha sido profesora de Derecho Penal en diferentes Universidades. Es también mediadora.

La ponencia durará una hora y media. Será dinamizada por Mar Madrid, Formadora Certificada en CNV, Mediadora y socia co-fundadora de AMEE.

Te esperamos con la ilusión de compartir nuestra experiencia y modelo de proceso restaurativo con el deseo de que, quizás, pueda servir de inspiración en cualquier otro lugar del planeta.

La inscripción es gratuita. El CNVC pide un donativo voluntario. Habrá ponencias en inglés, español, francés y alemán. Participarán más de 40 Formadores Certificados, de diferentes países alrededor del Mundo.

Más información e inscripción aquí: https://cnvc.org/

 

 

 

Instituciones Penitenciarias impulsa en Valladolid y Sevilla los “Encuentros restaurativos” entre condenados y sus víctimas

Diario La Ley, Nº 9568, Sección Hoy es Noticia, 6 de Febrero de 2020, Wolters Kluwer

 

De la mano de la Asociación para la Mediación, el Encuentro y la Escucha (AMEE) en el mes de agosto del año pasado se inició un proceso de Justicia Restaurativa con 13 personas penadas de las que finalmente se ha seleccionado a 5. Del proceso se ha excluido a los condenados por Violencia de Género y por delitos contra la Libertad Sexual, y aquellos con patologías psiquiátricas. La participación de las víctimas será voluntaria y confidencial, conforme a la Ley del Estatuto de la Víctima. Por otro lado, 45 personas penadas a penas privativas de libertad han comenzado los talleres de Justicia Restaurativa en los tres centros penitenciarios de Sevilla.

Según información facilitada por Instituciones Penitenciarias y la Asociación para la Mediación, el Encuentro y la Escucha (AMEE), Instituciones Penitenciarias ha impartido estos talleres de Diálogos Restaurativos a más de 600 penados desde el año 2016. Aunque, hasta la fecha, solo se realizaban encuentros con víctimas indirectas de los delitos.

Es desde hace unos meses que Instituciones Penitenciarias en colaboración con el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), la Fiscalía de Sevilla, el Juzgado de Vigilancia Penitenciaria de Valladolid y el Servicio de Atención a Víctimas de Andalucía (SAVA), da un nuevo impulso a los programas de Justicia Restaurativa que permitirán el encuentro de condenados con las víctimas directas de sus delitos.

Cinco penados en Valladolid se encuentran disponibles para el encuentro con sus víctimas

En el caso de Valladolid la AMEE comenzó a desarrollar su programa antes del verano con 11 personas penadas a penas privativas de libertad y 2 personas penadas a trabajos en beneficio de la comunidad.

Para la primera fase de preparación al encuentro restaurativo, Instituciones Penitenciarias cuenta con la colaboración de la mencionada asociación AMEE que se encarga de los talleres en los que, a través de 10 sesiones, se trabaja con los condenados la empatía, la asunción de responsabilidad, el arrepentimiento y la reparación, al menos simbólica, del daño causado.

Tras la realización durante meses de ese trabajo grupal, además de un trabajo individual, se ha considerado que de esas 13 personas sólo 5 son aptas para un posible encuentro con su víctima, pues en ellos sí se ha advertido un arrepentimiento sincero.

Tras el acuerdo alcanzado con el Juzgado de Vigilancia Penitenciaria de Valladolid, ahora se va a proceder a contactar a sus víctimas y explicarles la posibilidad de participar en los encuentros restaurativos.

En caso de consentimiento de la víctima AMEE también trabajará con las víctimas, en las sesiones que sean necesarias a fin de preparar el encuentro -última fase de la Justicia Restaurativa- que se producirá en presencia del mediador, en el ámbito penitenciario o fuera de él, según deseo de la víctima.

Proceso Restaurativo que comenzó en noviembre en Sevilla

Por su lado, en noviembre comenzaron en los centros penitenciarios de Sevilla, Sevilla II y Alcalá de Guadaira los talleres de Diálogos Restaurativos con 45 internos preseleccionados, 9 de ellos mujeres, entre los que voluntariamente manifestaron su deseo de participar.

Todos ellos tienen condenas dictadas por la Audiencia Provincial de Sevilla, que se están ejecutando en segundo grado o régimen ordinario. Están excluidos de estos programas los penados por Violencia de Género o por delitos contra la Libertad Sexual. También aquellos que sufren patologías psiquiátricas.

En este caso, para la primera fase de preparación al encuentro restaurativo, Instituciones Penitenciarias cuenta con la colaboración de la Asociación Andaluza de Mediación AMEDI que se encarga de los talleres restaurativos.

A medida que se avance en los talleres y se vaya determinando qué internos están preparados, se contactará con sus víctimas directas gracias a la colaboración de la Fiscalía de Sevilla y del SAVA. El contacto se realizará por carta, conforme a un protocolo redactado entre IIPP y el CGPJ, en la que se ofrecerá toda la información. La intervención es voluntaria y confidencial, acorde al Estatuto de la Víctima.

Al igual que hemos mencionado antes en el proyecto de Valladolid, en caso de consentimiento de la víctima, AMEDI también trabajará con las víctimas a fin de preparar el encuentro que, igualmente, se producirá en presencia del mediador, en el ámbito penitenciario o fuera de él, según deseo de la víctima.

Beneficios de las víctimas

La Justicia Restaurativa surge como complemento al sistema de Justicia ordinaria con la idea de ofrecer, tanto a víctimas como a victimarios, la posibilidad de dialogar sobre el delito y sus consecuencias, profundizar en la asunción de responsabilidad de quienes lo cometieron y acordar la reparación del daño causado de forma real o simbólica.

Según las experiencias realizadas en este ámbito, son múltiples los beneficios para las víctimas: posibilidad de explicar su vivencia del delito y sus consecuencias, facilitar la oportunidad de la petición de perdón, la reparación del daño o de cerrar el proceso interior.

También supone un importante avance en el proceso de reinserción de los condenados, aunque la participación en el programa de Justicia Restaurativa no suponga, sin embargo, efectos sobre la pena impuesta ni beneficios penitenciarios.

Responsabilidad y libertad en la comisión del delito

Publicado en Diario La Ley, Nº 9543, Sección Tribuna, 26 de Diciembre de 2019, Wolters Kluwer.

 
Hay una primera respuesta evidente a esta pregunta. Esta respuesta es que nadie es libre de su propia biografía, de su experiencia de infancia, de sus experiencias de amor y desamor. Todo ello contribuye a configurar de modo determinante la personalidad del ser humano desde que somos niños. Nuestra personalidad no es sino el elenco más o menos lúcido, torpe en los más casos, de rasgos que el ser humano desarrolla en una edad temprana para defenderse de las experiencias y estímulos externos que le provocan experiencias de trauma, de dolor insoportable, físico y/o emocional. A esas edades tempranas nuestros resortes más profundos y más inconscientes desarrollan estrategias, conforman «personajes», rasgos, caretas desde las que re-aprendemos a relacionarnos con el mundo exterior, convencidos de que, a través de ellas, nuestro ser profundo y herido está más protegido.
Ocurre entonces que dicha estructura de rasgos y estrategias se solidifica, conformando una personalidad que, con escasa evolución, nos llevamos a la vida adulta. Y esos rasgos son los automatismos desde los que muchas veces reaccionamos ante estímulos externos que percibimos como amenazantes. Se convierten en escleróticos mecanismos de acción – reacción automáticos con los que nos identificamos y desde los que actuamos (cuantas veces no justificaremos nuestro actuar o nuestras reacciones con un «yo soy así«).

Esto no es propio sólo de alguien que comete un delito, sino que forma parte de la estructura de la psique humana. Ocurre, muchas veces, que enfrentamos las situaciones de tensión o amenaza vital, física o emocional, desde esos automatismos.

Una respuesta automática en este sentido no deja de ser una respuesta consciente, voluntaria. Somos conscientes de lo que hacemos aunque el elenco abierto a nuestra consciencia de las elecciones/estrategias disponibles está muy limitado por nuestra estructura de personalidad.

Y es que, lejos de nuestra intención está justificar la conducta humana como una pura sucesión de automatismos donde no tiene encaje la libertad personal. Precisamente es desde la libertad personal y la consciencia al realizar nuestras elecciones donde reconocemos el elemento más genuino del ser humano. Pero para poder desarrollar la libertad personal es necesario tomar un poco de distancia de nuestros rasgos. Al separarnos de nuestros rasgos podemos entender mejor cómo somos, como funcionamos, ampliándose el elenco de estrategias disponibles. Nos damos cuenta de que reacciones automáticas no son la mejor estrategia para alcanzar determinados objetivos. Se amplía nuestra consciencia y, por tanto, el rango de las herramientas emocionales e intelectivas disponibles.

Cuanto más autoconocimiento, se amplía más nuestra mirada compasiva hacia dentro y hacia fuera

Simultáneamente, cuanto más autoconocimiento, se amplía más nuestra mirada compasiva hacia dentro y hacia fuera: somos capaces de leer mejor lo que hay en mí y puedo percibir mejor lo que hay en los demás, entender sus procesos. Y al final poco a poco se va conformando una conclusión clara: todo ser humano es un ser que resuelve el drama personal de su estar vivo y enfrentarse a la existencia, de la mejor manera que concibe para sí, de la mejor manera que es humanamente capaz.

La conquista de la libertad es un viaje, es el viaje de nuestra vida. Aprender a separarnos un poco, a des-identificarnos de nuestra estructura compleja de rasgos, y entender que somos algo que está más allá de dichos automatismos y que podemos transformar para auténtico beneficio propio y ajeno, es el reto de toda vida humana. Ser dueños de nuestras reacciones y reaccionar no sólo desde los propios intereses. Acaso cuando reaccionamos solo para atender nuestros propios intereses, sin contar con las consecuencias dolorosas de nuestras acciones en los demás, lo hacemos desde una de esas partes o rasgos, acaso esclavos aún de nuestros automatismos. Solo cuando nuestra conciencia se abre al mundo y nos percibimos como algo más grande que nuestra individualidad aislada, podemos actuar en libertad. Cuando somos capaces de sanar el yo herido que habita enterrado bajo las protecciones de infinitas caretas, máscaras, rasgos…, podemos atrevernos a desvestirnos de esa personalidad intrincada, compleja, e iniciar ese arte tan sutil que es el amor, la libertad radical.

Todos estamos más o menos lejos de esa conquista. Acaso los seres humanos puedan dividirse solo en dos grandes grupos, los que han iniciado este viaje y los que no. Ni por razas, ni por ideologías, ni por nacionalidades. Sino por haber o no iniciado este viaje. Hasta ahí llegan nuestras diferencias, mis diferencias con las de cualquier ser humano que tengo enfrente. No tanto diferencias en la estructura de nuestro carácter, de nuestra personalidad (todas diferentes), sino diferencias en cómo nos relacionamos interiormente y exteriormente en relación a dicha estructura.

Cuanto más atrás estemos en este viaje de relación con nosotros mismos, menos responsables somos de lo que hacemos. Responsables en el auténtico sentido de la palabra.

Asumimos, como toda nuestra legislación penal asume, que el ser humano por el hecho de serlo, es un ser libre y debe responsabilizarse de sus actos. No cuestionamos esta premisa desde estas líneas, y a la vez, invitamos al lector a una profunda reflexión sobre el concepto de libertad y responsabilidad.

Cuanto más identificados con nuestra estructura de personalidad nos sentimos, cuanto menos trabajamos nuestros automatismos y más rienda suelta damos, sin autocrítica ninguna, a lo que nos sale espontáneamente, más contribuimos a activar las defensas de los otros y sus propios automatismos. Todos somos aún esclavos. Nos guste o no, los más seguimos en la caverna de Platón, creyendo que las imágenes proyectadas de nosotros mismos por nuestra personalidad son la realidad de lo que somos. Por eso tenemos una responsabilidad colectiva en todo lo que hacemos que está inextricablemente unida a cómo es nuestra relación interior con nosotros, en relación con esa compleja estructura de personalidad que llevamos dentro. Lo que sale fuera es reflejo de lo que llevamos dentro. SIEMPRE.

¿Cuántos de nosotros no tenemos experiencia de haber conocido a personas verdaderamente excepcionales, anónimas, pacíficas, acogedoras, abiertas a lo que viene, sin defensas, conquistando el mundo y a las personas desde una profunda vulnerabilidad que no se esconde? Personas capaces de reírse verdaderamente de sí mismos, que aprovechan cada experiencia para crecer, que no califican lo que pasa como bueno o malo, sino que simplemente acogen lo que viene, haciendo real esa máxima de que «lo que viene conviene«…

Cada vez que nos ejercitamos en la práctica de desnudar nuestro ser de toda careta, reconectándonos con la esencia más maravillosa de nosotros que habita en el centro de nuestra más profunda vulnerabilidad, estamos empujando al mundo, a los demás, a una experiencia auténtica de amor y de libertad. Es ahí donde el ser humano es artífice de la realidad, auténtico co-creador y transformador del mundo. Somos verdaderos agentes de evolución cuando asumimos este reto. Esta es la mayor responsabilidad que podemos asumir. Acaso solo somos verdaderamente responsables en la vida en el modo en como afrontamos esta invitación. Asumir la responsabilidad de lo que hacemos es hacernos responsables de no haber podido hacer las cosas de otra manera, por no tener aún conquistado el lugar desde el que hacemos las cosas; por seguir esclavos, en una medida, de nuestra «forma de ser«.

Este es el trabajo de la justicia restaurativa que desarrollamos con las personas penadas en los centros penitenciarios y en los centros de inserción social. De nada sirve corregir una actitud o un comportamiento sin este trabajo de reconectar al ser humano con su esencia vulnerable y ayudar a des-identificarle de ese lastre de mecanismos de acción-reacción que todos llevamos dentro, fruto de la estructura de nuestra personalidad y de nuestra historia. Realizado ese ejercicio nace entonces, de forma espontánea, la empatía por el daño causado, y la necesidad incontenible de reparar dicho daño y pedir perdón a la víctima.

En el encuentro con la víctima puede ocurrir ese milagro de dos personas que se reconocen en su limitación y que se re-aprenden a relacionar mostrando la vergüenza y, en ocasiones, culpabilidad del agresor, y la vulnerabilidad y el dolor de las dos partes. Cada uno desde su sitio, con la mirada y el corazón abiertos. El agresor reconocerá entonces que no dio más de sí cuando delinquió, que no supo ver más allá. Pero que ahora ve y eso que ahora ve conforma un dibujo que merece ser mirado porque ya nada es como era.

Cuando ese milagro tiene lugar ya nada vuelve a ser igual ni para el agresor ni para su víctima. El «lazo» entre ellos que nació el día del delito es transformado desde la raíz del ser humano y eso que surge tiene una cualidad completamente nueva y más elevada que todo cuanto pudiera existir con anterioridad. Y créanme, la reincidencia ya no tiene cabida en el corazón de quien ha transitado ese camino.

Asumamos que cada ciudadano del mundo somos en una medida víctimas y agresores. Acaso, cuando agredimos, lo hacemos con conductas no tipificadas penalmente, pero podemos ver un mismo tracto, una misma cualidad, en el actuar que la de aquel que delinque: en ocasiones no somos capaces de resolver algo que nos duele o nos amenaza, de otra manera. Y hacemos daño. Hacemos lo que hacemos conscientemente, pero no tenemos más recursos interiores para crear una forma nueva o distinta de enfrentar la situación. No hay aquí diferencia cualitativa alguna con quien agrede con una conducta punible penalmente.

Todo ser humano que asume esta limitación y se compromete en transformarla trabajando su mirada interior y, por extensión, su mirada exterior, contribuye muy positivamente a hacer de este mundo un lugar mejor, un lugar donde sea cada vez más evidente, lo inútil de agredir, lo absurdo de delinquir. Ningún ser humano resiste por mucho tiempo la experiencia continuada de la mirada amorosa desde la indiferencia o la violencia. Lo que excita a las partes más polares de un ser humano, son las otras partes (extremas) de otros seres humanos. Nadie reacciona con violencia cuando percibe el verdadero amor, la verdadera mansedumbre, la esencia del otro en la vulnerabilidad expuesta, ya sea de forma espontánea o de forma voluntaria y arriesgada.

Por eso, en cada delito hay también, además de una responsabilidad y un fracaso personales, una responsabilidad y un fracaso colectivos. Toda semilla de amor y consciencia entregada al mundo, da fruto. Todo trabajo personal por encontrar y extraer el ser que habita en el centro de nuestra vulnerabilidad, para desde él relacionarnos en el mundo, es transformador. Nada de este trabajo cae en saco roto. Y el trabajo no hecho, se queda sin hacer. Y aquí poco más podemos hacer que hacernos responsables cada uno de sí mismo.

Cuantas veces las personas penadas que han cumplido su pena nos refieren que tienen inmensas dificultades para la reinserción: prejuicios, desconfianza, sospecha. Si seguimos mirándoles con la desconfianza del que «quien hace un cesto, hace ciento«, en lugar de transformar nuestra mirada y ver en ellos a personas que han intentado satisfacer sus necesidades de la mejor manera que han sido capaces, en el momento del delito… Pero que aquel momento quedó atrás y que en medio ha habido un aprendizaje, una transformación, o que ha podido haberla. Si no damos oportunidad a nuestro mirar, si no cambiamos nuestra forma de mirar, seguimos retroalimentando la rueda: yo desde mis rasgos de miedo, desconfianza y sospecha activo en ellos sus rasgos defensivos, de supervivencia y a veces la rueda les conduce a la desesperación y, en ocasiones, a la reincidencia.

Cambiemos nuestra mirada interior, para cambiar nuestra mirada exterior y, con ello, contribuyamos a que los demás puedan atreverse a acercarse desde su verdadero yo, mitigando sus polaridades, atreviéndose a experimentar que otra forma de estar y resolver los conflictos y las propias necesidades, es posible. No eludamos esa responsabilidad social y colectiva. Pongamos todos de nuestra parte, pues el conflicto –y el sufrimiento- detrás de un delito, nos afecta a todos. Ser capaces de todo ello, es sembrar eficazmente semillas de futuro hacia una convivencia más humana y fraternal.

 

Luis Vega Sorrosal

Asociación para la Mediación, el Encuentro y la Escucha (AMEE)

Abogado, Coach certificado y con formación en el modelo de Sistema Familiar Interno (IFS)

¿Qué aportan los encuentros restaurativos a autor y víctima de un delito?

Publicado en Diario La Ley, Nº 9373, Sección Tribuna, 8 de Marzo de 2019, Wolters Kluwer.

 

La mediación o cualquier proceso restaurativo puede tener lugar en cualquier momento del procedimiento penal. En igual medida puede llevarse a cabo en la fase de ejecución de la sentencia y, en concreto, durante la estancia de la persona penada en el centro penitenciario en el que se esté cumpliendo condena o en el centro de inserción social si ya está en fase de semi-libertad. Y este es el momento procesal en el que, por ahora, la Asociación para la mediación, el Encuentro y la Escucha (AMEE) ha decido focalizarse a la hora de implementar programas de Justicia Restaurativa.

Los objetivos primordiales del programa que como asociación venimos desarrollando se refieren a dos ámbitos concretos: Por un lado, la Asociación tiene como objetivo la consecución de «Encuentros Restaurativos» entre las personas penadas, y que se encuentran cumpliendo su condena o bien en el Centro Penitenciario o en el Centro de Inserción Social, y las víctimas de sus delitos. Esto es, cuando la persona penada ha cometido un hecho delictivo con víctima concreta, promover el encuentro entre ambos, o —para el caso de no poder producirse el encuentro entre autor y víctima directa de sus hechos— entre ellos y una víctima no vinculada a ese autor, pero igualmente víctima de unos hechos similares.

Entre los objetivos de estos encuentros está que la víctima pueda expresarse respecto del daño y sufrimiento vividos por el delito cometido, y ello, no ante cualquier persona, sino ante el autor de ese daño. Además de ello, otro de los objetivos de dichos encuentros, radica, como decíamos antes, en que el autor del delito se responsabilice ante la víctima por los hechos cometidos, empatice con el dolor causado y procure desde ahí una reparación del daño, acaso únicamente una reparación moral o emocional, pero inequívocamente de un valor incalculable en términos de reparación social y prevención de la reincidencia.

También se desarrollan desde el mismo programa los «Encuentros Restaurativos» cuando no existe una víctima concreta del delito cometido. Ello, por ejemplo en los delitos cometidos contra la salud pública, o en los delitos contra la seguridad vial, delitos en los cuales a la persona penada le suele costar más asumir una responsabilidad por el daño causado, entre otros factores, porque no es capaz, inicialmente, de encontrar una víctima concreta de sus hechos.

La justicia ordinaria se ocupa de determinar si, de acuerdo a la verdad plasmada en el proceso penal, la persona imputada por unos hechos efectivamente los ha cometido, y si así fue, se le impone una pena por ello. Posteriormente, se ocupará también de ejecutar la pena impuesta en sentencia. Y ello, debe seguir siendo así, para salvaguardar la convivencia pacífica en sociedad, mientras no aprendamos a hacerlo de manera diferente.

Los procesos de Justicia Restaurativa aportan beneficios inequívocos a la víctima del delito

Los programas de justicia restaurativa ayudan a recordar (y en una medida llevan a efecto) que una de las finalidades constitucionalmente reconocidas de la pena privativa de libertad es la reeducación y reinserción de la persona a la que se le impone dicha pena. También, en los últimos tiempos el legislador, por ejemplo, con el Estatuto de la Víctima, ha recogido la necesidad de impulsar procesos de Justicia Restaurativa como procesos que aportan beneficios inequívocos a la víctima del delito.

Los Encuentros Restaurativos son llevados a cabo por miembros de la asociación tras un largo trabajo a nivel grupal e individual con el autor de los hechos delictivos y tras un trabajo también realizado con la víctima de los hechos, ya sea con la víctima vinculada o con una víctima no vinculada de esos hechos delictivos. Sólo tras muchas horas de trabajo de responsabilización con el autor de los hechos se plantea la posibilidad de contactar con la víctima (vinculada o no vinculada). Después se acomete un trabajo inicial individualizado con la víctima de los hechos. Y sólo cuando la víctima se encuentre preparada para ello, se procederá al Encuentro (conjunto) Restaurativo.

  1. ¿QUÉ LE IMPULSA A UNA PERSONA PENADA A RESPONSABILIZARSE POR EL DELITO COMETIDO Y A DESEAR PEDIR PERDÓN POR ELLO?

Desde la Asociación para la Mediación, el Encuentro y la Escucha (AMEE) hemos hecho durante estos años una experiencia que consideramos representativa de lo que sucede en un ser humano (consciente) tras la comisión de un hecho delictivo.

En esos procesos interiores de responsabilización resulta altamente llamativo cuán grande es la necesidad de pedir perdón. Ello sucede no en todos los casos de personas penadas, ni mucho menos, pero en los casos en los que la persona se ha responsabilizado, es muy habitual que nazca el deseo de reparar y de pedir perdón. Y es que, cuando uno ha comprendido y «visto» el daño causado, cuando uno ha sido capaz de darse cuenta del daño en toda su dimensión, tiene la necesidad de compensar aquél daño, de reparar a la víctima, de aportar a la sociedad con bien. Una necesidad inmensa de que la víctima del delito deje de concebirle como un monstruo, una sed irrefrenable de recuperación del propio rostro humano frente a la mirada de quien fue su víctima. En definitiva, un deseo sincero como pocos de ayudar a que pueda ser recuperada la propia dignidad perdida por el crimen cometido desde la mirada de aquél a quien se ofendió y maltrató.

Cuando uno se da cuenta del daño causado, necesita decirse a sí mismo y a los demás que esa persona que actuó dañando es mucho más que sólo eso, es mucho más que el autor de un delito, mucho más que una persona en su día procesada y penada y y que se encuentra cumpliendo dicha pena en un centro penitenciario o en un centro de inserción social por el delito cometido. Necesita mostrarse a sí misma y a los demás, a la víctima y a la sociedad, que es un ser humano digno, un ser humano que se equivoca, que se arrepiente por el daño causado, porque lo ha visto, y que pide perdón por ello. Y que además tiene la necesidad profunda de compensar ese daño en la medida de sus posibilidades. Ello puede ser pagando la responsabilidad civil, y de cualquier otra manera que tenga sentido para ambas partes.

Cuando el delito que se ha cometido no tiene víctima concreta, por ejemplo, porque se ha cometido un delito contra la salud pública, la responsabilización por el delito cometido sucede igualmente a nivel interior. Diferente es, únicamente, la manera de reparar el daño causado. En estos delitos sin víctima concreta hemos abierto vías de reparación que pasan, como siempre, por aportar un bien a aquél entorno al que se causó daño.

Hemos trabajado en el proceso interior de responsabilización con personas penadas que han cometido delitos contra la salud pública, o delitos contra la seguridad vial. En el primero de los tipos delictivos, contra la salud pública, la sola vida en prisión, conviviendo con personas consumidoras de drogas o estupefacientes les ha llevado a algunos de ellos a ver el deterioro que estas sustancias producen en el ser humano, los severos daños que causan y la irreversibilidad de un alto número de dichas lesiones. Parece mentira, pero la vida en prisión para muchos ha sido la primera ocasión en que han tocado la realidad devastadora de la droga de cerca.

Conocer la realidad del mundo de la droga en prisión les ha llevado al proceso interior de responsabilización y de arrepentimiento por el daño causado

El haber conocido esa realidad del mundo de la droga en prisión, algo que muchos desconocían, les ha llevado al proceso interior de responsabilización y de arrepentimiento por el daño causado.

Estos procesos que se siguen con las personas infractoras evitan en gran medida la reincidencia, y no puede haber mayor valor e interés social que procurar que el delincuente no reincida, no tanto por miedo a la consecuencia penal (sin quitar valor en absoluto al elemento disuasorio que conlleva), sino por encontrar el delito ya como incompatible con su nuevo esquema de valores y su reencuentro empático con los otros y con el valor de la propia dignidad.

Traemos aquí un testimonio de uno de los participantes en el proceso: E.G.G. nos escribe lo siguiente a la pregunta «¿Qué supondría para ti pedir perdón a la víctima?: «El hecho de poder sentarme frente a la persona a la que hice daño, sería un gran paso para mí. No solo podría expresar de primera mano mi sentimiento de culpa, de error y de arrepentimiento, sino también a nivel personal, sería una manera de perdonarme a mi mismo, de reconocer frente a él que me equivoqué. Que me arrepiento de no haber podido controlar la situación y de no haber sido capaz de actuar de manera más madura.

No sé si él querrá perdonarme, ni siquiera se si querrá escucharme, pero poder expresar lo que siento, lo que arrastro desde hace tanto tiempo, me ayudaría a crecer como persona. Me gustaría decirle que no soy la persona de aquél día, que no soy malo, intento obrar y actuar siempre de la mejor manera posible y de corazón.

Me gustaría escuchar lo que tuviera que decirme para ponerme en su lugar, y que él también supiera que para mí fue una dura lección, que todo este tiempo me ha servido para reflexionar y aprender.

Sé que no sólo le hice daño a él, ambos tenemos familia y también me hice daño a mí mismo. Expresarme y pedir perdón no cambiará el pasado, pero me ayudará a mejorar mi presente y mi futuro. Decirle que lo siento, que lo siento de verdad, que me equivoqué, y que he intentado aprender de mis errores. Que soy otra persona.»»

Son estos testimonios, como parte muy menor dentro de lo que vivimos en el desarrollo del proyecto, lo que nos hace seguir adelante. Y cómo no, la convicción de que las personas que siguen y completan estos procesos incorporan en su vida el aprendizaje de que delinquir no tiene sentido pues se destruye infinitamente más de lo que puede llegar a alcanzarse a corto plazo.

Pero no sólo esto, sino también el poder acompañar a las víctimas concretas de estos y otros delitos. Ese acompañamiento intuimos que tampoco será sencillo, pero nos anima, entre otros, el acompañamiento a víctimas no vinculadas, así como la experiencia vivida por otros proyectos pioneros en España, a los que desde aquí nuevamente mostramos todo nuestro reconocimiento y agradecimiento.

Y es que es muy alentador despertar cada día con la confianza y la vivencia puesta en que en los momentos de crisis el ser humano desde su capacidad de transformación y de crecimiento y desde el sentirse acompañado, es capaz de conectar con su ser y renacer a la vida aportando bien, como necesidad humana sustancial.

  1. SIGUIENTES PASOS NECESARIOS A REALIZAR PARA QUE DE VERDAD NOS ENCONTREMOS IMPULSANDO UNA JUSTICIA RESTAURATIVA QUE ACOMPAÑE A LAS VÍCTIMAS

En la implementación de los principios de la Justicia Restaurativa uno de los objetivos fundamentales es el apoyo a la víctima. Y ello, dándole voz, animándole a expresar sus necesidades. Gracias a este apoyo se les permite participar en el proceso de resolución, se les ofrece asistencia y se les facilita su empoderamiento, como proceso por el cuál fortalecen sus capacidades, su confianza, su visión y su protagonismo para impulsar cambios positivos en las situaciones vividas.

En la justicia ordinaria raramente nos encontraremos con las necesidades de la víctima satisfechas. La necesidad de acogida, reparación, pérdida de miedos, desmontaje de falsas interpretaciones o victimizaciones secundarias crónicas no encuentran el marco procesal para ser escuchadas y atendidas. Por eso, la Justicia Restaurativa, al reconocer a la víctima, devolverle el protagonismo que merece y velar por la cobertura de sus necesidades, presenta un enorme potencial de sanación para curar sus heridas, ampliando de paso las funciones asignadas al sistema penal mediante la inclusión de la reparación del daño en todas sus modalidades: patrimonial, simbólica, emocional.

Desde el primer momento en el que desde la Asociación deseamos acompañar en la implementación de la Justicia Restaurativa hemos recibido en todas las instancias de la Institución Penitenciaria mucha sensibilidad, apertura y apoyo. Y ello, tanto por la Dirección General de Instituciones Penitenciarias, como por los directivos y técnicos del Centro Penitenciario al que nos hemos acercado, Madrid I, así como por los directivos y técnicos de los Centros de Inserción Social de Navalcarnero y Alcalá de Henares y de Valladolid en los que también venimos desarrollando el programa. También nos hemos encontrado con personas penadas que deseaban sentirse acompañados en el proceso restaurativo de responsabilización por el delito cometido, así como en el proceso de reparación del daño causado ante la víctima del delito y ante la sociedad.

Donde nos estamos encontrando serias dificultades es en el contacto con las víctimas de los delitos.

Con toda la honestidad, lamentablemente, hasta ahora no hemos logrado contactar con víctimas directas de delitos. Creemos que las dificultadas han venido por un lado, porque la vía de acceso, que hasta ahora era el Juzgado de Ejecuciones Penales, no accedía a ello —entendemos que por falta de normativa al respecto, o por inseguridad—, por otro lado, porque habiendo accedido el titular del Juzgado de Ejecuciones a la apertura del expediente de mediación, en lugar de ser nosotros como asociación los que informáramos a la víctima de la cualidad del proceso restaurativo, eran los propios funcionarios del Juzgado (con absoluto desconocimiento de lo que es un proceso restaurativo) quienes le planteaban a la víctima la posibilidad. No resulta extraño que en ese contexto de desconocimiento e inseguridad, las víctimas no consientan ni siquiera a la sesión informativa sobre el proceso restaurativo.

Sin embargo, creemos que es una cuestión de tiempo. Creemos estar en un momento importante previo a la elaboración de protocolos de actuación en el ámbito de la ejecución penal que permitan que el contacto con la víctima del delito sea más sencillo.

Necesitamos que la víctima confíe en el proceso restaurativo

A la vez, necesitamos que la víctima confíe en el proceso restaurativo. Y para ello es necesaria la formación tanto a los magistrados y jueces de los juzgados de ejecuciones penales, como a los fiscales y a los letrados y otros funcionarios de la administración de justicia. Los principios de la justicia restaurativa deben ser conocidos y desde ahí, aplicados. Para ello es necesario que una información adecuada llegue a las víctimas.

Creemos que también sería necesaria la implicación directa de la Oficina de Asistencia a las Víctima recogida en el Estatuto de la Víctima. Y ello, porque se recoge que la mencionada Oficina realizará funciones en materia de Justicia Restaurativa. Así deberá:

  • a) Informar a la víctima de las diferentes medidas de justicia restaurativa
  • b) proponer al órgano judicial la aplicación de la mediación penal cuando lo considere beneficioso para la víctima
  • c) Realizar actuaciones de apoyo a los servicios de mediación extrajudicial.

Desde la Oficina de Asistencia a las Víctimas se nos ha dicho que la implicación va a ser por su parte real y efectiva. Tenemos confianza en que así será para que entre todos podamos apostar por completar el proceso ofreciéndole a la víctima ese proceso restaurador que pudiera aportar a la sanación de heridas. Pero no cabe duda de que para pasar del deseo a la realidad, se necesitan más medios y más sensibilización general en todas las instancias.

Y mientras tanto, estamos llevando a cabo Encuentros Restaurativos entre agresores arrepentidos y víctimas no vinculadas a ellos, pero que en su día fueron víctimas de otros autores por hechos similares.

Cierto es que como víctima de un delito el encuentro con el autor del mismo que se arrepiente por los hechos y desea reparar el daño causado tiene un valor mucho mayor que si el encuentro se produce con el autor de un hecho similar contra otra persona. Y ello, pues no es lo mismo escuchar el arrepentimiento de la persona que causó el daño, que escucharlo de otra persona que no tuvo nada que ver con el daño directo que se le causó como víctima. Y a la vez, creemos que con este tipo de encuentros no vinculados también se sanan muchas heridas en ambas partes.

Estamos teniendo experiencias muy enriquecedoras para las partes. También creemos que participar en este proceso restaurativo es muy sanador para los ciudadanos «ajenos» al conflicto, que se acercan a «comprender», que no justificar, la vivencia del agresor y el daño sufrido por la víctima. Y también para las autoridades que participan en la prevención y protección frente al delito.

Traigo aquí el testimonio de una mujer policía municipal de Madrid, Noelia Cañizares, quien se encontró con una mujer M. P. L. Condenada por un delito de robo en casa habitada y un delito de atentado a la autoridad. «Acudo a una cita, con cierta desgana, con una sensación de qué pinto yo aquí, pero con mucha curiosidad, voy a reunirme con una presa, con una delincuente, una más del día a día de mi trabajo.

Y lo primero que me encuentro es una mujer aseada, bien vestida y temblando, emocionada, que me mira con temor y a la que apenas le salen las palabras.

Yo me siento tranquila, creo que nada de lo que me cuente me va a sorprender, no sé si seré capaz de abrir mi corazón y contarle lo que pasa por mi mente, por mi corazón, por mi alma cuando la ciudadana, la madre de familia, la esposa, la hija, la mujer que soy se pone el uniforme y tiene que lidiar con personas que se dedican a delinquir.

Según nos vamos quitando capas, me doy cuenta de que no somos tan diferentes

Y si, me decido a contarle mis miedos, los miedos de mi familia que ante todo quieren que vuelva a casa, que cumpla con mi deber pero que salga ilesa. Y según nos vamos quitando capas, me doy cuenta de que no somos tan diferentes, y que el desconocimiento de esas semejanzas, nos hace mirarnos con prejuicios y eso no nos permite tener la oportunidad de evolucionar.

Y una vez que acaba la sesión, siento que Maritza se siente descargada de culpa, porque ha podido contar su historia, su verdad sin ser juzgada, y yo me siento libre, satisfecha de poder mostrar que soy Policía pero ante todo soy persona.

Ha sido una experiencia muy grata, he visto la otra cara de la delincuencia y la «delincuencia» ha visto la otra cara de la Policía, algo necesario para prevenir conductas delictivas y para humanizar unas relaciones que, por el entorno en el que se desarrollan, aíslan y deshumanizan a los que las viven».

Desde aquí invitamos a toda persona que haya sufrido un daño causado por un hecho delictivo a que pueda contactar con nosotros (www.asociacionamee.org) / (info@asociacionamee.org) de cara a poder tener el acompañamiento necesario para su dolor y sufrimiento, así como para poder vivenciar, en su caso, y si así lo desea, la experiencia de los «Encuentros Restaurativos» con personas penadas responsabilizadas y arrepentidas por el daño causado.

 

Pilar González Rivero

Presidenta de la Asociación para la Mediación, el Encuentro y la Escucha (AMEE) Jurista y mediadora

Una experiencia de Justicia Restaurativa en fase de semilibertad en el CIS de Navalcarnero

 

Diario La Ley, Nº 9240, Sección Tribuna, 17 de Julio de 2018, Editorial Wolters Kluwer

Normativa comentada

 

La autora nos habla de un programa de Justicia Restaurativa en un Centro de Inserción Social, destinado a personas que cumplen su pena en régimen abierto o que se encuentran en un proceso avanzado de reinserción. Muchas veces se escucha la preocupación social por la salida de prisión de las personas que han delinquido. Este proceso de responsabilización y de reparación de quien ha cometido un delito puede ayudar tanto a la víctima, como a la sociedad a sanar la herida que causó el delito. Y ello, en concreto en esta fase de semilibertad, en ese proceso de reinserción concreta. La víctima puede en ese proceso también recuperar su confianza (en el ser humano) y la sociedad sentirse reparada y confiada en que la norma sigue encontrándose vigente.

Escribo nuevamente sobre Justicia Restaurativa. Esta vez sobre el proyecto que denominamos de «Encuentros Restaurativos». El mencionado proyecto lo venimos desarrollando en la fase de ejecución del proceso penal.

Durante la fase de ejecución de la pena privativa de libertad que el autor de un hecho delictivo tiene que cumplir, puede haber, a su vez, varias etapas, y el cumplimiento de la pena privativa de libertad puede cumplirse de diferentes maneras y en distintos lugares.

La Asociación para la Mediación, el Encuentro y la Escucha (AMEE) comenzó desarrollando el programa de Justicia Restaurativa y de «Encuentros Restaurativos» en el Centro Penitenciario de Madrid I (Mujeres), esto es, durante la fase de privación de libertad de la persona penada.

Recientemente hemos comenzado a desarrollar el mencionado programa de Justicia Restaurativa en el Centro de Inserción Social (en adelante CIS) «Josefina Aldecoa», en Navalcarnero. Y ello, pues tras la salida de prisión de una de las mujeres con la que habíamos trabajado durante casi dos años en su proceso interno de responsabilización por el delito cometido y de reparación del daño causado, deseábamos seguir acompañándola en su proceso de reparación que se concluiría desde el CIS al que iba a ser trasladada. En ese marco vimos la posibilidad y necesidad de ofrecer el mencionado programa a aquellas personas residentes del CIS que se encontraban en la fase de reinserción personal y social.

Los CIS están destinados a personas que cumplen su pena en régimen abierto o que se encuentran en proceso avanzado de reinserción

Los CIS están destinados a personas que cumplen su pena en régimen abierto o que se encuentran en un proceso avanzado de reinserción, que están en situación de libertad condicional o cumplen medidas alternativas a la pena, como los trabajos en beneficio de la comunidad. Se gestionan por tanto, desde estos centros, una pluralidad de modalidades, formas y fases de condenas que requieren medios de control y seguimiento idóneos.

Son establecimientos penitenciarios destinados al cumplimiento tanto de las penas privativas de libertad en régimen abierto, como de las penas no privativas de libertad establecidas en la legislación vigente y cuya ejecución se atribuye a la Administración Penitenciaria. Así mismo, se realiza desde los CIS el seguimiento de los liberados condicionales.

Los CIS surgen para contribuir al cumplimiento del mandato constitucional que establece la orientación de las penas privativas de libertad hacia la reeducación y reinserción social, desarrollado en el vigente Reglamento Penitenciario (R.D. 190/1996), art. 163 (LA LEY 664/1996) y 164 (LA LEY 664/1996). Su actividad va encaminada a facilitar la inserción social y familiar de los internos, contrarrestando los efectos nocivos del internamiento y favoreciendo los vínculos sociales.

Por ello, los CIS aparecen como un modelo de establecimiento para régimen abierto, con el que se pretende lograr una convivencia normal de toda colectividad, fomentando la responsabilidad y la ausencia de controles rígidos que contradigan la confianza que inspira su funcionamiento.

El objetivo del CIS es potenciar mediante actividades y programas de tratamiento la incorporación de las personas penadas al medio social «normalizado», intentando de esta manera contrarrestar los efectos nocivos del internamiento clásico en favor de un tipo de cumplimiento que favorece el vínculo social con su comunidad.

El área tratamental es un área prioritaria, dejando en un segundo plano la seguridad y la parte regimental. El funcionamiento se basará en el principio de confianza y la voluntariedad de los residentes en el CIS de aceptar los programas de tratamiento que estarán basados principalmente en cumplir con sus compromisos laborales y tratamientos terapeúticos fuera del establecimiento.

Los principios rectores de su actividad son:

  • Integración, facilitando la participación plena del interno en la vida familiar, social y laboral y proporcionando la atención que precise a través de los servicios generales buscando su inserción en el entorno familiar y social adecuado.
  • Coordinación, con cuantos organismos e instituciones públicas y privadas actúen en la atención y reinserción de los internos, prestando especial atención a la utilización de los recursos sociales externos, particularmente en materia de sanidad, educación, acción formativa y trabajo.

Como parte de ese proceso de reinserción, se considera por la Institución Penitenciaria, y por nosotros como Asociación, que para que la reinserción en la sociedad sea real y completa, la persona que ha cometido el delito debe responsabilizarse del delito cometido, ser consciente del daño que ha causado, así como reparar dicho daño, tanto a la víctima concreta, como al resto de la sociedad.

Nosotros creemos que ello sólo es realmente posible desde un lugar de comprensión y acogida de la persona, por más que se haya «equivocado». Sólo desde la mirada de acogida de la persona hacía sí misma, hacia su vida, su historia, sus aciertos y equivocaciones, es posible transformar internamente su manera de estar en el mundo.

Y en ese momento del cumplimiento penitenciario de las penas impuestas en sentencia por el delito cometido, en este momento de su cumplimiento en semi libertad, nosotros como Asociación les acompañamos en el proceso de hacerse cargo de sus vidas, y en concreto, de la parte más «oscura» de las mismas, que es el delito que han cometido.

Es un momento especialmente difícil para ellos, pues hay muchos sentimientos encontrados, la alegría de estar ya en (semi) libertad, y, por otro lado, el miedo íntimo a ser capaces de reinsertarse en esa sociedad.

Les da miedo volver a fracasar, les da miedo no tener la fortaleza necesaria para transformar sus vidas, la anterior a su ingreso en prisión, y tienen miedo de no ser capaces de reinsertarse con normalidad en su entorno familiar, laboral y social.

Hasta que no se tiene ocasión de conocer de cerca a personas que cumplen condenas privativas de libertad, se tiende a pensar que los reos de delitos son personas frías, que sistemáticamente justifican el delito cometido, responsabilizando de lo que han hecho a la sociedad o al «sistema». Personas que en su frialdad puedan rayar la psicopatía en su falta de empatía con la realidad, con el dolor que han causado. Desde nuestro trabajo en prisión, si bien al inicio del trato con ellos pueden darse este tipo de actitudes de autojustificación e incluso de frialdad, a poco que se trabaje con los internos confiando en su capacidad e inspirándoles confianza, podemos afirmar sin ambages que una mayoría de las personas que cumplen condenas privativas de libertad están ávidas de escucha y de perdón. Necesitan rehabilitarse frente a sí mismas por el delito. No se reconocen en el delito que han cometido. Piensan que toda su vida se derrumbó por un momento de flaqueza, por un momento de inconsciencia, acaso por un momento de dolor extremo que les llevó a hacer lo que en circunstancias normales nunca habrían siquiera concebido hacer. O acaso por un tiempo oscuro en sus vidas, más o menos largo, plagado de necesidades no satisfechas que acumularon enorme frustración y condujeron en última instancia a la comisión del delito o la práctica delictiva más o menos sistemática. Y a partir de ahí, una vez son detenidos, juzgados y condenados, todo a su alrededor les identifica con el delito que cometieron. Dejan de ser Manuel, Cristina o Juan; y se convierten en aquel que robó, en la que agredió con un cuchillo o en aquel que dio el pelotazo como mulero en un viaje internacional. No. Muchos de ellos (en realidad, casi todos ellos) no se identifican con aquello y necesitan recuperar su nombre. Volver a ser llamados Manuel, Cristina y Juan. Sin más etiqueta. Necesitan un espacio donde recuperar primero su nombre, su valor, tras años de estar aplastados por la culpa y por el juicio propio y ajeno. Y una vez se les da ese espacio comienzan a ocurrir cosas. Porque en todos ellos hay un poso de humanidad que necesita volver a sentirse valioso/a, digno de amor y de respeto. Este proceso abre en sus corazones una brecha que se va haciendo cada vez más grande, hasta que se desmorona por completo cualquier atisbo de justificación de lo que un día hicieron, su argumentario defensivo y se enfrentan a esa verdad palpitante en su corazón que es pura necesidad de volver a verse dignos, humanos y merecedores de una mirada sin juicio, además de reparar el daño que causaron.

Y ahí está AMEE, tratando de encender con paciencia ese fugo interior que será el verdadero motor del cambio en las personas. Con la paciencia del que enciende un fuego a mano, haciendo girar un palo sobre una madera, sabiendo que cada giro no aporta nada en apariencia, pero sabiendo que la constancia acaba encendiendo siempre (o casi siempre) una llama que todo lo cambia.

Desde la asociación AMEE acompañamos a aquellos residentes del CIS de Navalcarnero, que tras un proceso interno de responsabilización, deciden hacerse cargo del delito cometido frente a otros, hablar en alto de ello, no seguir ocultándose y engañándose a sí mismo y a los demás. Como parte de ese proceso interior, desean también responsabilizarse del delito cometido ante la víctima concreta. También desean reparar a la víctima y a la sociedad. A la víctima de la manera concreta que entre ambos acuerden, más allá de a través del pago de la responsabilidad civil derivada del delito cometido. A la sociedad, a quien también consideran víctima indirecta del delito cometido, con trabajo de voluntariado con distintas entidades sociales y ONGs. Creemos que todo ese proceso de reparación interior y exterior puede ser un motor importante para desasirse del miedo….confiar en sí mismos y salir al mundo con fortaleza.

Muchas veces se escucha la preocupación social por la salida de prisión de las personas que han delinquido. Creemos que este proceso de responsabilización y de reparación de quien ha cometido un delito puede ayudar tanto a la víctima, como a la sociedad a sanar la herida que causó el delito. Y ello, en concreto en esta fase de semilibertad, en ese proceso de reinserción concreta. La víctima puede en ese proceso también recuperar su confianza (en el ser humano) y la sociedad sentirse reparada y confiada en que la norma sigue encontrándose vigente.

Y somos testigos de que aquellos internos que realizan este viaje con nosotros y viven la fuerza transformadora de este cambio, aborrecen el delito. Ellos, acaso solo ellos, saben que nunca más volverá a ocurrir.

 

Pilar GONZÁLEZ RIVERO

Presidenta de la Asociación para la Mediación, el Encuentro y la Escucha (AMEE)

Jurista y mediadora